lunes, 16 de mayo de 2011

GUAJIRA


En Santa Marta, el sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo. El cielo esta nublado, sucio, triste. Mis pupilas intentan soltarse de un solitario grano de arena, introducido por equivocación en una concha sin perla.
Poquísimas personas transitaban por la ciudad a esa hora, el viento opaco y caluroso levantaba hojas de periódico amarillentas y sucias. La tarde era sudorosa, repleta de sonidos sordos y lejanos, mientras yo soportaba el peso salvaje y violento del abominable sol. Por cierto me escondí en un eclipse de sombra y vi como el Madrid ganaba la Copa del rey.
Estuve visitando varias playas cerca de Santa Marta y  quizás la mas bonita sea Bahía concha. Tambien estuve en el Rodadero y en Taganga. En las playas se veían a lo lejos, numerosas velas que parecían extenderse por el mar. Sobre la playa dorada de arena, morían mansas olas y solo el sonido de algún ronco motor anunciaba la llegada de pescadores a su llegada a la playa
Por mi parte, me escondía a regazo de alguna confortable sombra, descansando, adormecido por el ajetreo, el calor y el polvo arenisco.
La brisa aromada, fecundada en los crepúsculos tropicales bailan sobre mi cuerpo. Aquí tumbado en la arena sabiendo que era San Jordi, decidí a sincerarme.Pero cuanto cuesta sincerarse sin cebada...

Escrito en San Jordi......para ella:

Aquí tumbado en las playas del Caribe observas que cuando la vida te golpea, comprendes que todos los hombres que vivimos “intensamente” guardamos un secreto. Puede ser una mujer o tal vez... no sé, hay infinidad de cosas. Pero lo guardamos aquí, en el corazón. Y hay días que el corazón pesa demasiado y parece que reventará aunque cada uno se libera a su manera. Pasó en un pasado ya muy lejano, cuando aun conservaba pelo en mi despoblada cabeza. Que cobarde que fui entonces , pero el efecto de sus ojos en mi, era desastroso. Su presencia ejercía sobre mi ser, una especie de esclavitud misteriosa, repercutiendo en mi alma. Parecía que mi mente se trituraba entre miradas intermitentes. Mi cerebro saltaba dentro de mi cabeza y cada vez que pensaba en ella, los sofocones de amor me hacían el efecto de cien cañonazos disparados contra mis nervios. Nadie ha conseguido que con tan poca pólvora se calentara mi sangre. Parecía que estuviera en un cuerpo enfermizo, o en el de otra persona que no identificaba como mi mismo. Nuestros amores debían tener una solución, como la tienen todos, pero yo no contribuí a la faena con mis miedos en ese momento ya tan lejano. Que tonto que fui cuando tenia que tomar una decisión y esa fue ignorada , pero la vida se basa en eso, aprendizaje por errores. Ya han pasado muchos años y observando la vida, me doy cuenta de mi equivocación. Era ella la mitad de la naranja? pues creo que si, pero que estoy diciendo.
 Claro que si, sin ninguna duda. Aun me tiembla la voz cuando por casualidad hablo con ella. Ahora en estos días de calma donde tengo infinidad de tiempos muertos, donde mi cuerpo y mi alma descansan, no puedo evitar que a veces me venga la visualización de imágenes de su cara y encontrarme con ella en algunos sueños. Que fácil que parece todo cuando estando dormidos. La imaginación nos hace vivir historias que la realidad nos impide afrontar. Hoy en día uno puede vivir como está o conformarse con tener un zumo de naranja exprimido que con el paso del tiempo coge acidez y pierde esa fuerza que solo tiene esa mitad del cítrico y vivir engañado de la realidad. Tal como en estos días se encarrila la vida, ese tren tiende a salirse de vía o quedarse en vía muerta.
Afortunadamente, creo que las mujeres que nos cautivan de esa manera no aparecen mas que una vez en la vida. Ya que si volviese a pasar quizá desaparecería ese encanto que las envuelve en esa aura misteriosa y seguramente mi corazón y mi cabeza podrían sufrir daños irreparables.
Para no hacerme mas pesado decir que los hombres y las mujeres somos mentirosos y mas cuando se trata de amor, así que quien se lo crea bien y el que no también.

BUCEO

Bueno, después de este rollo os explicaré que en Taganga me fui hacer unas inmersiones después de 8 años sin ponerme los plomos. El instructor me recordó todo lo que me se había olvidado y pal fondo. He sido bautizado otra vez. He vuelto a ponerme unas botellas de buceo en mi espalda. Parecía, camello con pies de pato. Mi viaje consistía en dar una vuelta por la casa de Aquario. Sus aguas no estaban frías y el día me ha regalado un quieto mar con muy buena luz. Sensaciones olvidadas venían a mi. Los primeros minutos en la gran pecera eran como estar en un sueño. Las olas se hacían invisibles en el fondo y la refracción del agua hacia aparecer todo mas grande de lo normal. Me notaba un poco extrañado por la vuelta a lo desconocido en un mundo de invisibles fronteras. Estaba en un estado de ingravidez y mis sentidos estaban en constante alerta a todo lo que sucedía. Parecía que la magia de un cristal se reflejara en el fondo marino .
Ese frágil mundo se presentaba ante mi, sin inmutarse a mi presencia. La fauna de las profundidades se vestía con multitud de colores, formas y tamaños. Era fascinante observar las claras diferencias entre los dos mundos. Debajo del agua las reglas cambian y aunque llevemos nuestras mascaras y un buen equipo, parecemos ranas aleteando nuestras ancas.
En el fondo, la vida parece que transcurre alrededor de pequeños refugios que proporciona las oquedades de los corales y rocas marinas. El silencio parecía infinito y solo se rompía por el ritmo de mis ventilaciones. Notaba como a cada secuencia se descorchaba una botella de champan. Miles de burbujas huían de mi e iniciaban una carrera para poder llegar a su liberación en la superficie. Flotaba en las profundidades del fondo marino y eso me producía un estado de relajación brutal. Pasados 43 minutos, la reserva me avisaba de que se acababa mi tiempo así que remontamos hacia nuestro bote para preparar la segunda inmersión.



HECHIZO

El paso de los días parecían inocular veneno en mi cuerpo. El body no tenia ganas de inquietarse por minuteces y la cabeza trabajaba a ralentí . El oasis donde había plantado mi hogar tenia todas las comodidades posibles. La vida se vivía en el contorno de la piscina. El hostel se parecía a la serie de Melrouse Place, pero ahora el plató abandonaba California y se instalaba en el Caribe. Una tela de araña había teñido sobre mi, un punto de cruz que me tenia atrapado en sus vacíos. El cuerpo estaba relajado y mientras iban pasando los días, mas perezoso me tornaba. No tenia nada que hacer y a eso me dedicaba. Me despojé de mi swatch para no poder oír el monótono paso de las agujas y aislarme de horarios. Las horas se acumulan en días, día tras día pasan los meses, 12 meses preceden a un año y un año viajando pasa volando. Menos mal que aun me queda un par de años  para recorrer mas kilómetros.
Creo que he topado con un lugar hechizado, este se conjuró y atrapó mi cuerpo. Pasaron varias semanas hasta que me torné inmune a su veneno y después de que se acabaran los cuatro clásicos Madriii-Barçaa decidí que me tenia que mover. El cuerpo comenzaba a pedirme un poco de caña.
 Antes de irme, recuerdo que un día no se cual, pensaba que había una fiesta en el cielo. Creo que ese día las puertas del cielo se rompieron, porque vi a un grupo de siete ángeles en la piscina. No podía ver sus alas, pero de bellas que eran no podía equivocarme. Ademas hablaban una lengua rara, rara, rrarra. Ya veis que aquí en el caribe la vida se vive como la escribes, tal como  decía Aute.
En el hostel con tanto tiempo ahogándome en sus rincones, me hice amigo de todos los currantes, incluidos de los jefes. Abandoné el lugar donde me había encontrado como en casa y me dirigí hacia Minca, un pueblo situado en las montañas ubicado a pocos kilómetros de Santa Marta.
Su puta madre, perdón por la expresión pero esa subida me dejó bastante tocado. Había unos 700 metros de desnivel o eso me dijeron, y doy fe de eso. La poca actividad de los últimos días me habían oxidado la musculatura y a eso se le unía la deshidratación que me produjo la climatología.
Las manos me patinaban, mis ojos me picaban y mi piel sudada. Gotas transparentes transportaban mares de sal que saltaban por el trampolín de mi espalda. Mi ropa mojada, se ceñía a mi y el bOb patinaba en el sillín. La pista no ayudaba. Sus infinitos agujeros y su arrugado asfalto frenaba la cicla. De vez en cuando movía la bicicleta hacia las sombras de los arboles para parapetarme del sol y poder secarme el sudor. Quería esquivar a toda costa la calor ya que el ambiente parecía un infierno.
Al llegar al pueblo parecía que este se hubiera convertido en la ciudad perdida ya que las casas estaban dispersas. Estaban construidas con materiales locales y estas se camuflaban entre la espesa vegetación selvatica.
Para poder aliviar mi calor corporal fui a bañarme en las pozas del río que cruzaba el pueblo. El agua estaba rica y mientras bajaba la tarde estuve disfrutando del baño.
Por la noche, la temperatura se tornaba normal ya que aparecía el viento que corre por los tejados, aliviando la calor concentrada en locales cerrados. En mi habitación se habían colado un par de inquilinos. Dos lagartos, estaban fijos en la pared, boca abajo, situados al lado de un orificio que había en la ventana. Estaban inmóviles, con la vista obsesionada, esperando el paso de sus presas.
Al cabo de dos días me fui, tenia que dirigirme a la frontera con Venezuela para sellar el pasaporte para poder volver entrar a Colombia. Eso me llevaba a conocer la provincia de la Guajira. Pasé por los limites del parque del Tayrona y por los de Sierra Nevada. Paré en Palomino, Riohacha, Maicao, Manague y el Cabo de la Vela. La ruta es interesante por la diversidad de paisajes que uno recorre, pero la zona norte de la Guajira es puro desierto. La temperatura es muy calurosa y las duras condiciones de vida hace que solo vivan los wayus, una raza de indígenas que pueblan estos parajes desde tiempos remotos. Esos paisajes me recordaban a Marruecos ya que las mujeres iban vestidas con túnicas que les tapaban todo el cuerpo y las protegía de los rayos solares.
Los únicos animales que se veían eran ovejas y cabras que intentaban robar a las diminutas plantas un poco de materia verde casi inexistente.
Los wayus tienen un aspecto muy amigable y las ropas de sus mujeres tiñen de colorido el arcaico paisaje. Mi relación con ellos fue increible, se estrañaban de verme y cuando les contaba partes de mi viajera historia, se quedaban como paralizados escuchándome. Pero no todo es tan bonito como parece  ya que estas  comunidades se rigen por una leyes propias que a veces chocan con las nuestras.
El cabo de la vela esta ubicado a pocos kilómetros de Uribia, pero la pista estaba en muy mal estado. Los múltiples agujeros, las piedras y la aparición de arena hacia complicado el manejo de la bici. El sol por su parte no ayudaba y la ausencia de lugares para poder beber, hacia que todo se complicara. En el cabo, hay un conjunto de barracas hechas de cañas dedicadas a hospedar a extranjeros que buscan reposo. El acceso para poder llegar al lugar posee una zona de 5 kilómetros donde es puro desierto. No crece ningún vegetal y el suelo presenta un color blanco debido a los restos de sal presentes en la tierra.

 Allí la brújula se convierte en  un instrumento inútil  debido a que la sal vuelve loca a esa fràgil aguja imantada que parece bailar sin compás.  Antes de llegar al cabo de la vela me topé con un par de pueblos pesqueros, donde encontré  a todos los hombres matando el tiempo fulminandose varias cajas de cervezas mientras las mujeres balanceaban sus cuerpos en cómodas hamacas abrazando la brisa marina en el cobijo de las sombras. Pasados varios dias descansando en las puertas del infierno decidí abandonar el insoportable calor y retornar a Santa Marta. El camino de vuelta seria repetitivo volver a recorrelo montado con mi burra asi que cogí un bus para evitar instalar rutina en mi pedaleo.



domingo, 24 de abril de 2011

COLOMBIA

Al abandonar las tierras Argentinas se apoderaron de mi, una mezcla de sensaciones extrañas, habían sido tres meses circulando por un inmenso país lleno de contrastes que van dejando huella en esos lugares donde se almacenan los recuerdos. El duro recorrido junto las condiciones atmosféricas adversas había hecho que la tarea no fuera fácil. Sin lugar a duda, las metas mas difíciles de conseguir producen estímulos mas satisfactorios que con al paso del tiempo se saborean mas intensamente. Ahora tocaba disfrutar del éxito sucedido y aposentar algunas reflexiones que se me plantearon mientras pedaleaba. Todo esto esta madurándose en mi baúl de los recuerdos. Como anécdota, al irme de la Tierra del Che, en la zona de embarque del aeropuerto tuve la grata sorpresa de no pagar ninguna luca por embarcar las bicicletas tanto en Ushuaia como posteriormente en Buenos Aires. Tuve muchísima suerte porque llevaba de largo exceso de equipaje y eso se paga, y se paga caro. Creo que las personas que encontré en los mostradores de embarque no querían complicarse la vida haciendo burocracia tramitando formularios que habitualmente no estaban acostumbrados a gestionar. Eché un vistazo a mi billete electrónico y este me mostraba una información que ya conocía de antemano. Tardaría un día y medio en llegar a mi destino, así que me lo tomé con calma. Primero el avión hizo una escala en Río Gallegos donde no tuve que bajarme del avión. 
 Únicamente cambiaron algunas caras de algunos pasajeros. Seguidamente y después de unas tres horas de vuelo aterrizamos en el aeroparque de la ciudad de Buenos Aires. En la capital de los porteños tenia que cambiar de aeropuerto así que tuve que coger un bus que atravesó toda la ciudad y me trasladó al aeropuerto Internacional Pistarini.
 En el aeropuerto no había free wifi así que tenia que matar el tiempo de alguna manera. Quedaban 8 horas antes de mi segunda escala que me llevaría a Lima. Me dediqué a visionar algunas películas de mi disco duro pero el cansancio estaba presente en mis ojos asi que no les presté demasiada atención. Mas tarde ya estaba volando hacia Lima aunque para decir verdad no me enteré de nada ya que mi visión se me quedó como el color de las nubes.
En el aeropuerto de Lima, tocaba mas de lo mismo, 8 horas mas de espera que me pasé nuevamente visionando mas películas y viendo el partido del Barcelona Scaktar donde el equipo local ganó 5-1. Este resultado junto al del Real Madrid indican que los dos equipos se verán las caras en las semifinales de la Champions. Será un mes de abril de infarto ya que se sucederán cuatro clásicos F.C Barcelona- Real Madrid. Este choque promete espectáculo. En el aeropuerto, las horas se me hacían pesadas y mi cuerpo pedía a gritos una ducha y un descanso en posición horizontal.
 Al final, después de 30 horas de vuelos y escalas en aeropuertos, llegué a Bogotá. En el aeropuerto la policía comenzó hacerme preguntas sobre mis cajas y mostraron mucho interés por mis bultos así que utilizaron sus perros para revisarlos. Los animales ni se inmutaron oliendo los embalajes. Después de pasar los controles policiales me fui a buscar mi taxi. En teoría, tenían que venir a buscarme desde el Hostel pero en el exterior del aeropuerto no había ningún cartel con mi nombre, así que después de dejar pasar un poco de margen de tiempo me fui a buscar un vehículo en que pudiera encajar mi caja.
 Mientras me dirigida al Hostel, comencé a visionar la ciudad. Lo que vi no me gustó nada ya que iba pasando por unas calles que daban miedo. La gente parecía deambular en ellas sin tener rumbo . Las calles estaban escasamente iluminadas, con multitud de viviendas que parecían abandonadas. Las aceras eran de color negro debido a la suciedad impregnada y a  restos de basura. La fauna que transitaba por allí, iban sucios con prendas haraposas y parecía que se escondieran entre el cobijo de las sombras. El taxista me comentó que esa zona era extremadamente peligrosa aunque no hacia falta que lo dijera, era obvio. Mi hostel estaba en el casco antiguo, concreta mente en el barrio de la Candelaria . El lugar era bonito pero había que ir con cuidado ya que al ser el centro históricode la ciudad, la zona era visitada por turistas y eso atraía a otro tipo de fauna que intenta conseguir unos pesos para poder subsistir a un nuevo día.
 Por la mañana el lugar estaba lleno de policías y el sitio era seguro, pero a partir de las 19:00 horas la oscuridad se aliaba con el lado oscuro y sin disponer de una espada láser el sitio se tornaba potencialmente peligroso. Por mi parte no tuve ningún problema pero no iba tentando la suerte. Estuve 5 días recorriendo la ciudad que tiene 9 millones de habitantes. La urbe no me acabó de agradar, no le encontraba ningún encanto aunque le daré otra oportunidad cuando retorne a mediados del mes de junio para coger otro vuelo que me llevará  a Asia.
La Candelaria era un barrio con las calles adoquinadas con techos de tejas árabes y casas de estilo colonial. Sus paredes estaban pintadas de colores vivos donde resaltaban sus puertas y ventanas trabajadas en madera. Las calles eran empinadas y mientras te dirigías a la Plaza de Bolivar sobresalían por encima de los tejados diferentes campanarios de distintas iglesias que poseía la ciudad.
El domingo decidí irme de la ciudad y dirigirme hacia el noreste para visitar las playas del caribe colombiano. Estaba cansado de las inclemencias del sur de Patagonia y mi cuerpo parecía tener memoria. Aun se recordaba del frío y la humedad instalada durante varias semanas en mis extremidades. Por todo esto, me pedía unas sesiones de playa y hamaca con noches de terrazas . Había estudiado el camino para salir de Bogotá y la gente del Hostel me facilitó un mapa para no perderme.
 La salida fue fácil ya que el domingo se cortan algunas calles de la ciudad para que la gente pueda practicar deporte sin tener que preocuparse por el denso tráfico. Pero paso lo peor, cuando afrontaba una subida, el cambio hizo un sonido mientras daba un golpe de pedal y crak, se rompió el desviador y la cadena. Estaba en las afueras de la ciudad, era domingo y llovía. Mi compañera estaba muerta, no podía dar un paso con ella así que me tranquilicé y paré un taxi.
 El vehículo era muy pequeño así que dije a su conductor que llamara a un vehículo mayor para que me llevara al hostel. El taxista era muy amable y me ofreció intentar poner la bicicleta en su vehículo. No quería que el servicio se lo llevara otro asi que desmonté la bici y probé de introducirla. Previamente habíamos abatido los asientos traseros del buga y fue un milagro pero entró perfectamente. Al retornar a mi hospedaje, los del Hostel se sorprendieron de volver a verme. Tenia un día para descansar, era domingo y todo estaba cerrado, o eso creía. Me informaron que era posible que hubiera tiendas de bicicletas abiertas . Volví a montar la bicicleta en un taxi y me fui a la calle 13 a buscar tiendas de bicicletas. Aquí un par de mecánicos me cambiaron la cadena, el casette y el desviador aunque esta vez perdía un desarrollo, pase de 9 a 8 piños. Al día siguiente a las 6:30 salia del hostel para cruzar la ciudad y no encontrar tanto transito.
 La verdad es que el tráfico era un poco caótico sobretodo debido a la anarquía de las maniobras que realizaban los autobuses. Cuando ya había abandonado las principales arterias de Bogota, el cambio se me desajustó y no era plan, parar en las afueras así que continué con el piñón pequeño fijo en el cassete. Menos mal que me quedaba la opción de poder jugar con los platos.
 Mas adelante me informaron que había una tienda de bicicletas antes de iniciar el alto del vino. Eso me dio ánimos aunque no hacia falta porque encontré a Jose, un colombiano sexagenario amante de la bicicleta y que había recorrido medio mundo. Me acompañó hasta un mecánico y después de que me ajustaran el cambio nos fuimos juntos a subir el alto del vino. La subida no era muy larga pero exigía un esfuerzo. Al coronar el alto nos despedimos con Jose y cada uno siguió caminos diferentes.
Me gustaría recalcar la gran afición que tiene Colombia con el deporte de la bicicleta. Era lunes y la carretera que se dirige hacia el norte de Bogota, estaba repleta de multitud de gente que salia a practicar ciclismo.
Había gente de todas las edades haciendo mover los pedales y eso transmitía buenas sensaciones ya que parecía que te encontraras  en familia. Después de coronar el alto del Vino, venían las bajadas en la que uno tenia que ir con cuidado ya que el asfalto no estaba en muy buenas condiciones. En la  ruta iban apareciendo algunos agujeros y los neumáticos en uno de ellos, acabaron pinchando. Tocaba cambiar la cámara y continuar pedaleando. El paisaje era diferente al que había recorrido durante mi viaje. Ahora la carretera estaba rodeada de una vegetación exuberante. La selva se apoderaba de todo y el verde predominaba a ambos lados de la calzada, aunque en los altos de montaña todo estaba tapado por una neblina que iba mojandolo todo.
 Rodando llegué a una población llamada La Vega y a partir de aquí desapareció la neblina que dio paso a un halo de calor que era sofocante. Al final decidí parar en Vileta, un pequeño y encantadora población a setenta kilómetros al oeste de Bogotá. Eran las 15:00 horas y no tenia ganas de afrontar un nuevo alto que venia nada mas cruzar susodicha población. El pueblo era encantador y me hospedé en una residencia que tenia un patio interior con dos palmeras y un par de loros que iban repitiendo algunas palabras. Aquí conocí a un mecánico de bicicletas que me cambio el cable de frenos, me cuadro el cambio y ajusto mis ruedas sin cobrarme nada.

EL ALTO DEL TRIGO

Comenzaba la mañana con luvia tenue. Al salir del pueblo comenzaba la subida y esta se me hizo interminable. Multitud de mulas (trailers) me iban adelantando en mi lenta marcha. El desarrollo estaba a tope y las rampas iban dejando paso a mas rampas. De vez en cuando iba parando y hidratandome ya que la humedad era del 100%. Sudaba, sudaba y sudaba, el ambiente era sofocante y tenia las ropas mojadas tanto por fuera como por dentro. De repente, comencé adelantar camiones ya que estos se encontraban apeados. Varios derrumbes habían provocado cortes en la vía. Los taludes estaban compuestos por empinadas pendientes que al saturarse de agua no podían soportar el incremento de peso y eso comprometía su estabilidad. Ahora era yo el que avanzaba y los camiones estaban esperando una señal para poder continuar su marcha. Los conductores de los diferentes vehículos me miraban extrañados. Sus miradas iban dirigidas a mis bultos y algunos de ellos me soltaban gritos dándome ánimos en la subida. Vaya con el puerto, saque el hígado. Desconozco la altura y el desnivel pero parecía que hubiera tardado un siglo en llegar a la cima. Luego en la bajada, los frenos no paraban de chirriar. La humedad estaba calada en las llantas y los giros se volvían peligrosos por el transito de camiones. Estos intentaban invadir el carril contrario para poder ir mas rápido en el sinuoso trazado y eso me restaba espacio para poder maniobrar. En el final de la bajada encontré el pueblo de Guaduas, aquí almorcé y agarre fuerzas para poder afrontar el siguiente alto.
 La subida era mas suave que la anterior y la distancia fue pequeña así que corone el alto de la Mona bastante rápido. De aquí hasta la localidad de Honda fue todo bajada. Multitud de curvas iban serpenteando las colinas pero el estado del asfalto estaba fatal debido al transito pesado y al continuo brote de torrentes que destrozaban la fina capa de betún.
Al día siguiente salí de Puerto Salgar y fui rodando hasta que llegue a San Joan de Dios. Ese día pequé de novato ya que los rayos de sol me rostieron los brazos. Olvidé ponerme crema protectora y al acabar la etapa notaba mil pinchazos en mi piel. Menos mal que por estas tierras se come bien y uno puede coger fuerzas. Grata ha siso la sorpresa versus la comida que estoy conociendo. Aquí los platos son abundantes y uno nunca se queda con hambre. Las carnes siempre vienen acompañados con raciones de lentejas, frijoles, arroz y plátanos macho frito. A todo eso, aveces ponen una especie de acompañamiento de algo frito que aun no se de que se trata pero esta bueno.
La ruta que tomé al abandonar la capital era la vía 50 pero al llegar a Honda, apareció un cruce de caminos. La carretera se bifurcaba y tomé la ruta 45 que es la que atraviesa el centro de Colombia y sigue el cauce del río Magdalena. La selva tiñe de verde los paisajes y en el plano, el agua intenta inundarlo todo. Los mosquitos están cada noche de fiesta y a veces vienen a visitarme. Esos pequeños vampiros quieren morderme y lo consiguen demasiadas veces. La ruta que sigo a veces es para mi una incógnita ya que los únicos mapas que encontré en Bogota no estaban muy currados. La mejor táctica para mi, es usar el boca a boca con la gente local y me funciona bastante bien aunque aquí las referencia de las distancias se hacen en función del tiempo que tarda un coche en recorrer una distancia y eso es bastante relativo. Mi viaje por el centro del pais era duro por la intensa calor que hacía y por la humedad presente durante todo el dia. Las lluvias o mejor dicho los diluviones eran frecuentes. Cuando mirabas a los campesinos o trabajadores, estos vestian con botas de plástico hasta media rodilla  asi que ya os podeis hacer idea de como estaba el suelo. Cada mañana el tráfico de camiones me salpicaba con litros de agua encharcada en los inexistentes peraltes de las curvas.
A media mañana toda el agua de la carretera desaparecia como arte de magia. El sol, la fuerte temperatura y el tráfico pesado se encargaban de secar el asfalto. A media mañana hacía una parada para desayunar, momento donde iba conociendo a difrentes camioneros. Estos me iban dando consejos sobre la ruta y se interesaban por mi recorrido.
En los ultimos dias los  fenómenos de la niña hacen estragos en el país. Los ríos se desbordan al igual que las quebradas, las montañas se deslizan y hay avalanchas de lodo de todas las proporciones. Obviamente las carreteras están en mal estado, taponadas muchas y otras con interminables cortes debido al derrumbe de arboles . Al paso de mis dias por la ruta he observado un incremento de trafico de vehiculos ligeros, esto se debido a que estamos a las puertas de semana Santa y eso hace que haya mucha gente viajando por carretera. Desconocia la riqueza de estas tierras, las cuales son productoras de café, bananas, frutas tropicales, ganado, oro, esmeraldas, petroleo, gas y otras cosas ilegales.

Después de ocho días llegué a Santa Marta, concretamente en Dream Hostel. El sitio esta apartado de la ciudad pero tiene una zona comunitaria espectacular, formada por una piscina, bar, restaurante, zona ajardinada, una pista para practicar deporte y eso le aporta un ambiente especial. Solamente llegar hice gestiones para poder saber donde podia ir a buscar un sitio donde televisaran la final de la Copa del Rey entre los dos grandes. El partido lo vi en un bar que estaba full de colombianos y yo era el único extrangero. Las aficiones estaban divididas pero eso no importaba a la hora de expresar sus sentimientos. El partido fue electrizante y al final ganó el Madri por 1-0 con un golazo de CR7. Ahora les toca a los del Barcelona tomarse la revancha en las semifinales de la Champions.

domingo, 3 de abril de 2011

FIN DEL MUNDO

TIERRA DEL FUEGO

Ahora en Argentina aparecía el asfalto y la ruta 3 me conduciría hasta Ushuaia. Durante varios días estuve durmiendo en los desagües de carretera aislándome del viento y la lluvia. Era imposible secar mis guantes y calcetines debido a la gran humedad que había en el ambiente. Mi intención era ponerlos en el interior del plumas pero debido a la gran retención de agua que poseían desistí en introducirlos, así que cada mañana tenia que luchar contra esa sensación desagradable de ponerse prendas frías y húmedas. Antes de llegar a Ushuaia paré en el pueblo de Tolhuin. Aquí pude calentarme y secar las prendas mojadas en el horno de la panadería del pueblo. De paso, aproveché para tomarme unos lomitos y algunas pastas de fabricación artesanal. El encargado del establecimiento me ofreció una habitación gratuita preparada para los ciclistas. La invitación costaba de rechazar, pero no me quedé debido a la temprana hora y la aparición momentánea del sol con la detención de la lluvia. Tenia que apresurarme, me quedaban solamente 100 km para llegar a mi destino y el tiempo habría una ventana que se tenía que aprovechar. Abandoné todo lo negativo que me aportaba el mal tiempo y comencé a darle caña a la bicicleta.

Tenia que rodar lo mas rápido que pudiera. El cuerpo se iba animando y la escasa calor de los débiles rayos de sol me animaban a seguir. Antes tuve que hacer un stop técnico para lubricar la cadena. La bicicleta con tantos días seguidos de lluvia y humedad provocaba la aparición de algunos sonidos peligrosos. En poco tiempo rodeé el lago Fangano y luego llegué al lago Escondido, lugar donde me indicaron que venia un pequeño puerto de 8 km llamado Paso de Garibaldi. La subida fue suave pero larga, aunque la noche ya parecía pedir paso. Coroné la subida y rápidamente bajé ya que cada vez la luz era mas tenue. Comenzaba a llover, aunque esta vez la lluvia se convirtió en agua nieve. Bajando el puerto , me encontré con un puesto de viabilidad, así que aproveché la oportunidad para pedir refugio. Los trabajadores, muy amablemente me dejaron dormir en un cuarto destartalado, pero ese lugar representaba para mi como una habitación en el Hilton. La calor que noté nada mas abrir la puerta, me elevó a gloria. Me cambié toda la ropa y me di una ducha caliente. Mis pies no se lo creían, volvía a sentir los dedos. Mi cabeza no quería abandonar la ducha, y mi dermis agradecía el paso de cada gota de agua caliente que resbalaba por mi cuerpo.

Mi piel al paso del tiempo se iba arrugando y transformé en poco tiempo el baño en una improvisada sauna. Olas de vapor impedían verte en el espejo y la olor a jabón me hacia sentirme limpio. Seguidamente puse la ropa a secarse en un improvisado tendedero y me fui a comer mis últimos víveres. Mientras comía iba conversando con los trabajadores que iban retornando de sus tareas. Cuando estaba tomando el postre untando unas galletas con mi preciado dulce de leche, los currantes se pusieron a cenar y me invitaron a unas milanesas, acompañadas con puré de patatas. Todo esto estuvo regado con unos buenos vasos de vino tinto. Cené dos veces, así que acabé con la barriga hinchada. No estaba acostumbrado a tanta abundancia así que por la noche tuve que hacer algún que otro viaje al roca a equilibrar la balanza.
Por la mañana después de desayunar me despedí de los trabajadores y volvía a los pedales con ropa seca. El tiempo estaba indeciso, pero no tardó mucho en aparecer la lluvia aunque no era muy intensa. El camino estaba compuesto por infinidad de cerros que tenias que subir y bajar pero la gran cantidad de agua en la calzada impedía un buen avance. Las puntas de las montañas estaban nevadas y vi aparecer los primeros telesillas de las pistas de esquí. Al poco rato llegué a Ushuaia. Hacia un tiempo de perros así que fui a buscar un lugar donde alojarme y cambiarme antes de que el frío y la humedad calaran en mis huesos. Una vez ubicado en el hostel Freestly fui a tomarme unas birras, aunque no celebré nada ya que aun me quedaban 20 km para llegar a Lapataia.
 Este lugar es donde acaba la carretera num. 3 y es la ruta terrestre mas austral del mundo. Al dia siguiente el tiempo se puso feisimo así que tomé descanso y me quedé en el hostal dedicándome a cocinar una paella y un poco de carne estofada con bolets.

La gente del hostel cuando olieron los perfumes que iban desprendiéndose de las sartenes, sintieron curiosidad y venían a investigar cerca de los fogones a ver que se cocinaba por ahí . Muchos curiosos me hacían preguntas sobre lo que cocinaba y a algunos de ellos les ofrecí al finalizar la tarea, unas tapas de paella. Así, si que se hacen amigos,o eso parece por las birras a que invitaron.
 Al día siguiente me levanté a las 07:00 Am para dirigirme a la Bahía de Lapataia. Quería aprovechar la mañana ya que es cuando el tiempo esta mas estable. El lugar esta dentro del Parque Nacional Tierra del Fuego, así que de paso recorría y conocería el parque.
 Era el primero del día en visitar el parque así que no me encontré a nadie. La bahía estaba con el mar tranquilo y solamente algunas aves marinas rompían el tranquilo silencio.
Aquí pude ver el famoso cartel que indica la distancia que queda por recorrer a los viajeros que tiene como destino dirigirse a Alaska, concretamente 17848 km. Mas tarde cuando recorría el camino inverso, me desvié por algunos senderos y pude observar un dique compuesto con troncos de arboles que fabricaban los castores para crear sus madrigueras. Me quedé un rato en silencio para ver si podía ser afortunado y poder ver alguno de los roedores, pero eso hubiera sido tener muchisssima suerte.
 Antes de salir del parque me pasé por Ensenada, un pequeño amarre cerca de la isla redonda donde hay una oficina de correos y se encuentra Carlos, el cartero del fin del mundo. Aquí sellan el pasaporte con unas estampas de Tierra del Fuego. Me los puse en el pasaporte y Carlos tubo el detalle de hacérmelo gratuitamente. Por el parque me encontré con varios zorros de cola gris los cuales están habituados al transito de los turistas ya que uno de ellos vino hacia mi y me pasó de largo a escasos centímetros de mis piernas sin que el bicho se inmutara por mi presencia.
Al dia siguiente no tenia intención de hacer nada pero la mañana se desperto güena, asi que cogí un bote y me fuí a ver la replica del faro del fin del Mundo y un par de islas donde habia albatros y lobos marinos.

El viaje fue interesante ya que eramos un grupo reducido de personas y entre ellos se encontraba una pareja de catalanes que estaban en el mismo hostel.
Aquí, finaliza una etapa iniciada en el mes de noviembre donde el destino era llegar al fin del mundo   (Ushuaia ) antes de que llegaran las inclemencias del invierno austral. Ahora se inicia otra etapa, pero aun no esta definida. En mi cabeza, solo existen varias pinceladas de un posible rumbo que se ira haciendo realidad mientras avancen los días y todo vaya cogiendo forma.

Próximo destino Bogotá (Colombia).

sábado, 2 de abril de 2011

PUERTO NATALES.

En un principio, en la entrada a Chile no tuve sensaciones que percibieran cambios importantes. El paisaje era el mismo aunque a lo lejos se veían montañas teñidas de colores verdes, medio tapadas por nubes que parecían perpetuas. Recorrí los 15 kilómetros que me separaban del paso fronterizo hasta Puerto Natales y llegué cuando estaba a medio anochecer.
Tuve muy buenas sensaciones al llegar a dicho puerto pesquero, aunque quizás lo de pesquero a pasado a un segundo termino debido al auge del turismo. El lugar donde estaba ubicado el pueblo me recordaba a Alaska. Su clima era frío y la humedad del mar te atravesaba las ropas. El paisaje estaba envuelto de bosques rodeados de nevadas cumbres con frías aguas que transformaban la zona en un lugar salvaje. Sus casas eran de madera y estaban pintadas de colores vivos creando un paisaje multicolor. Entre ellas destacaban algunas residencias de estilo colonial que debido a las inclemencias del tiempo y al descuido de sus propietarios parecían abandonadas. Algunas estaban forradas con placas de metal para soportar mejor las acometidas del viento y evitar el deterioro de la madera. Pero también se veía mucha chatarra abandonada en las zonas circundantes a las viviendas. 

Aquí en estas aisladas tierras, la basura se intenta reciclar, pero lo que no se puede reutilizar queda abandonado integrándose en el paisaje . Sus gentes viven aisladas durante el invierno debido a la climatología y eso les forja el carácter. Entre los habitantes del pueblo, podía ver algunas personas con rasgos indígenas en sus rostros. Las caras redondas con los ojos achinados y cabellos lisos con colores negros brillantes no eran habituales. De vez en cuando te topabas con algún personaje que seguramente portaba en su sangre algunos genes que descendían de algún lejano colonizador.
Mi intención era visitar el parque de las Torres del Paine mediante un tour de “full day” pero al final desistí después de ver la previsión del tiempo. Había cogido una racha mala, aunque según oí, aquí es normal encontrarse con este tiempo. Venían días de mas nubes y lluvias, así que no demoré mucho mi estancia, aunque la compañía con la pareja que regentaba el hostel, Omar i Anne fue esplendida.
Durante mi estancia di varios paseos por el pueblo, pero el fuerte viento y la lluvia, hacia que fuera una tarea masoquista desplazarse por sus calles. El plumas se había convertido en mi prenda habitual sin la cual no me atrevía afrontar la temperatura exterior. En cada salida por el pueblo se me ponía la nariz de payaso y la piel de la cara se me tensaba como si me hubieran hecho un lifting.

Hablando de frío, desde que he entrado en la región XII de Chile, he notado como la temperatura ha bajado en picado. Los guantes no pueden despegarse ni un segundo de mis manos y el moquillo parece haberse instalado permanentemente en mi nariz. Todo son contrastes, paso del calor y de las zonas desérticas al frío y lluvias. Aunque algo positivo tenia que encontrar en tierra chilena . He descubierto un placer hasta ahora olvidado. En los supermercados Chilenos poseen mayor diversidad de víveres que los supers argentinos y entre ellos he encontrado mi tesoro: NUTELA, y “ yogures con manjar “. Me daba igual lo que pesasen , me agencié un par de potes de Nutela para poder afrontar las nuevas etapas. Era mas, un factor psicológico que un factor físico, ya que cuando te viene un bajón por el esfuerzo realizado, el simple hecho de pensar que llevas un pote de nutela en las ortlieb te hace pensar en positivo, aunque tengas un día de perros. Es parecido a un efecto placebo y os aseguro que a mi me funciona de maravilla.


Estuve un par de días en ruta antes de llegar a Punta Arenas recorriendo paisajes con un poco mas de vegetación. En la ruta, como siempre no había casi nada, unicamente aparecian algunas estancias dispersadas por el territorio. En el paisaje comencé a ver los típicos árboles con el tronco inclinado hacia el  este debido a la acción del viento. Sus copas estaban estiradas y parecia que las hubieran untado de gomina para poder modelar esas formas en su  escaso follaje.
 Los campos estaban muy transitados por multitud de grupos de ovejas que se quedaban como hipnotizadas cuando se apercibian de mi paso. La mayoria de ellas tenian el cuerpo con señales indicando que hacía poco tiempo habían estado esquiladas. Llegué a Punta Arenas, el lugar  era grande y fue la primera vez en tres meses que veía la primera pescadería, aunque se tendría que decir que la tienda era de ultra congelados por que de los pescados que había, ninguno movía la cola. 

Pasé un par de días moviéndome por sus calles aunque su clima no era muy propicio al paseo. Solo destacaba su puerto marítimo en el cual se veía mucha actividad de carga y descarga. Mi paso por este lugar se debía a que en su puerto se encontraba el ferry que me serviría para cruzar el estrecho de Magallanes para entrar en Tierra del fuego. El paseo en barco apenas duró unas dos horas ya que el tiempo y la mar lo permitieron. Tuvimos el honor de presenciar un grupo de delfines que iban saltando repetidamente, pegados a escasos metros del barco. Cuando el barco toco tierra, nos dejo en la bahía de los inútiles, al lado de una pequeña población llamada Porvenir. Mientras duró el viaje no podía sacarme de la cabeza lo duro que debía de ser para Magallanes y su tripulación, el viaje marítimo que llevaron a cabo. Eso si que eran aventuras de verdad o mejor dicho supervivencia pura y dura. Al bajar del barco recorrí unos dos kilómetros hasta llegar al pueblo. El lugar parecía medio abandonado, no se veía nadie por sus calles. Fui a buscar algún lugar económico para acabar de gastar mis últimos pesos chilenos. Al principio no encontraba nada, ni a nadie a quien preguntar . Después de rodar sin rumbo por las desérticas calles, encontré un lugar que se ajustaba a lo poco que me quedaba en mis bolsillos. 

Los propietarios del establecimiento me recomendaron que visitara un comedor regentado por dos abuelitas que hacían platos económicos pero de una calidad excelente. El lugar, resultó ser una tienda-bar, pero me comí un estofado de cordero con papas blancas y pollo al copin que me puso la piel de gallina. Esto fue lo que acabó de gastar hasta el ultimo céntimo chileno que llevaba en mis bolsillos. Al día siguiente cuando me fui del lugar, parecía que el sitio fuera un pueblo fantasma. Era sábado, pero a las 8.00 no vi a nadie, únicamente unos perros rondaban las calles ladrándose entre ellos. Uno de estos perros vino a saludarme y recibió un par de caricias de mis manos. La perra, era de color negro y me estuvo acompañando unos 60 kilómetros. Era joven, tenia nervio y se atrevía con todo. No paraba de correr en frente de mi roja máquina . Era curiosa y no veáis como hacia correr a los guanacos. Me hizo mucha compañía, pero cuando le indicaba que no me siguiera, el animal no me hacia caso.

Tenia una contradicción con mis sentimientos, quería que se fuera ya que cada vez nos alejábamos mas de Porvenir, pero me daba compañía, siendo muy dócil y juguetona con migo. Como recompensa iba jugando con ella cuando paraba a tomar alguna foto y en una parada le di un par de galletas para que se recuperara del esfuerzo. Pero a partir del kilómetro 60, el ripio estaba mejor y desaparecieron las subidas así que la bicicleta comenzaba a rodar a una velocidad normal. Aquí fue el momento en que dejé a la pobre perra a mis espaladas.
El animal se iba quedando atrás, debía estar destrozada pero supongo que se dio cuenta que era el momento de detenerse y volverse por el camino recorrido. Al final del día comenzó a llover y no pararía durante los siguientes días. La lluvia era una carga muy pesada ya que iba calando en mis manos y sobretodo en mis pies. Los cubre pies de neopreno iban muy bien para aislarme del frío pero, cuando calan en ellos, las gotas de lluvia penetran hasta mis calcetines y el frío me dormía las extremidades. Al segundo día llegué a otro puesto fronterizo entre Chile y Argentina, todo fue muy rápido.

jueves, 31 de marzo de 2011

PERITO MORENO

Cuando salí del Chalten, había chirimiri, el viento comenzaba hacer acto de presencia pero esta vez no me daba miedo. Se había convertido en mi aliado. Tenia 90 km por la carretera numero 23 hasta el cruce con la 40, pero el viento que me estaba empujándome por la espalda, me dio alas. El pedaleo era suave y el plato grande giraba fácilmente, aunque la cosa cambió rápidamente al incorporarme nuevamente a la ruta 40. El viento dejó de aliarse conmigo y ahora tenia que contrarrestar su fuerza con un mayor esfuerzo de pedaleo. Apuré las horas de sol, pero me fue imposible llegar al Calafate, así que me tocó hacer vivac. La noche fue muy fría, aunque dentro del saco estaba cómodo. Solamente notaba el frío en mi nariz o en mis manos cuando sin darme cuenta mi cuerpo producía movimientos ajenos a mi control. Eso provocaba que algunas partes del cuerpo me sobresaliesen de la funda de vivac . Por la mañana, a eso de las 07:00 me levanté y el frío exterior me activó rápidamente. De mi boca salían señales de humo y el moquillo se me había instalado en mi nariz produciendo un goteo continuo. El sol no tenia fuerza y mis dedos se encogían escondiéndose en el manillar de mi poderosa. Cuando estaba a punto de llegar al Calafate me encontré a una pareja catalana que montaban sus monturas y se dirigían hacía el Chalten. Mientras conversábamos, un nuevo ciclista se unió al grupo. Esta vez, era un francés que se uniría a ellos ya que llevaban mismo rumbo. En un suspiro acabé de recorrer los escasos metros que me faltaban para llegar a la ciudad donde se encontraba mi compañero, Chusma. El local donde estábamos alojados era encantador “ Hostel Che Lagarto”. Te sentías como en casa, el trato del personal y las instalaciones eran acojonantes. Únicamente había una pega, los israelitas que pululaban por allí. No he visto gente mas problemática que ellos, sobretodo por la falta de respeto versus los demás y por incumplir la mayoría de las normas establecidas. Así les va. Tema aparte, el gitano ha cambiado sus planes.

No se va pa Ushuaia sino que continuará la ruta hacia el norte siguiendo la carretera austral. Parece ser que se ha quedado pelado, esta en números rojos y le acechan los acreedores. Tuve que soltar unas lucas para que pudiera ir tirando hasta que consiga algo de liquidez en sus tarjetas de plástico.
En el hostel eramos una pareja atípica, todo el mundo desaparecía temprano por la mañana para hacer tours. Los turistas estaban sedientos por ver el mayor número de lugares. Entonces era el momento en que nos quedábamos solos en el local, hasta que a media tarde iban retornando y todos ellos parecían repetir “que macuuuu”.
Esos días los aprovechamos para arreglar las partes de la bicicleta que estaban deterioradas. Por mi parte, cambie el porta bultos trasero ya que se me había partido una soldadura lateral y aunque me funcionaba bien no quería arriesgarme a que acabara partiéndose del todo generandome un problemón.
Después de un merecido descanso, el dúo se volvía a separar y los rumbos se bifurcaban en sentidos diferentes. Tampoco se, cuando nos volveremos a encontrar con el gitano, pero en algún momento no muy lejano nuestros destinos se volverán a unir. Mi dirección era llegar al glaciar Perito Moreno y ver las formaciones de las catedrales de hielo. Tenia 80 kilómetros hasta el lugar los cuales me pasaron relativamente rápidos.

En la entrada del parque tuve que abonar 100 pesos al Gobierno Argentino. Mientras avanzaba por el interior del parque, vi como iba apareciendo el enorme bloque de hielo que parecía tomar vida. La blanca pared era inmensa, mas grande de lo que me imaginaba ya que sus dimensiones me sorprendieron. Lo que no sabia era que el glaciar iba creciendo y estaba apunto de unirse con la tierra circundante al lago. Cuando se produce este proceso, el lago queda separado en dos partes. El Perito estaba compuesto por gigantes bloques de hielo que a veces se iban quebrándose desprendiéndose del conjunto. Cuando sucede este proceso, primero se oye un fuerte ruido agudo. Es el previo aviso del inicio de la separación de alguna de las partes. Seguidamente se podía oír su posterior caída en las aguas del lago Argentino.
Después de dar unos rulos por las pasarelas ubicadas al frente del glaciar, me dirigí al restaurante. Cuando llegué, me sorprendió ver aparcadas dos bicicletas. Una de las cuales me pareció un poco extraña. Al acercarme, resultó ser que una de ellas era un tándem el cual era conducido por Veronique y su acompañante, su hijo Grabiel de 5 años de edad. La otra bicicleta era conducida por Isabele, una canadiense del Québec que hacían el recorrido de Ushuaia hasta Lima.

Aunque sabíamos que era ilegal acampar en el parque, acordamos escondernos e ilegalmente montar nuestras tiendas a reparo de la vista de los guarda parques. Antes, las bellas señoritas me invitaron a cenar una suculenta cena delante del mirador del glaciar. Por la mañana siguiente, abandonamos el parque y nos separamos en el cruce del lago Roca. Me encaminé hacia el lugar y acampé en las orillas del lago. El sitio era espectacular, me encontraba solo rodeado por montañas y glaciares. Cuando estaba apunto de irme a dormir, me vinieron a ver un cuantioso numero de terneros, los cuales estaban inquietos y curiosos por el color naranja de mi tienda. Durante la noche estuvo lloviendo y al despertarme me encontré con las cumbres de las montañas totalmente blancas. El amanecer era frío, así que no perdí mucho tiempo en recogerlo todo y comenzar el camino de vuelta al Calafate. Había nubes pero en poco tiempo el sol me hacia sombra. El camino era de ripio y en una bajada tuve un descuido y la gravilla junto a mis frenos tubieron la culpa de que me fuera por los suelos. El golpe me dejó tocado, sobretodo en mi pierna izquierda. Era cuestión de no enfriarse, así que tocaba continuar la marcha. Cuando llegué al albergue, me limpié las rascaduras las cuales se habían convertido en moratones. Mas tarde, quedé para cenar con las dos ciclistas y Gabriel.

 Al día siguiente me despedí de los tres y me dispuse a reponer mi despensa portátil de nuevos víveres para afrontar las nuevas etapas. Cambie moneda a pesos chilenos para evitar futuras sorpresas y al día siguiente abandoné la ciudad. El tiempo estaba inestable y con esa premisa se mantuvo todo el día. A veces me mojaba con una fina capa de lluvia pero en poco tiempo volvía a estar seco. En la ruta me encontré una larga subida, llamada el Cerrito que se me hizo eterna. Al coronar la subida, saqué el dulce de leche y como arte de magia desapareció medio pote sin darme cuenta. Rodé unos 20 kilómetros en plano hasta que apareció un cruce. La ruta se desviaba a Taipe Aike, de repente todo canvió. El fuerte viento volvía hacer acto de presencia y chocaba otra vez contra mi. Todo era una carga, la lluvia, el viento y el ripio se asociaban para unir sus fuerzas contra mi. Al ver que mi avance era escaso, decidí al cabo de un par de horas pararme en un desagüe de carretera para protegerme del viento. No valía la pena hacer todo ese esfuerzo para nada, así que saqué mis trastos y me acomode en mi colcha de plumas. En el interior de la cañería de acero me aislé de todo, desaparecieron los ruidos y los oídos al fin podían descansar de los zumbidos amorfos que durante todo el día intentaban coger formas y sentidos en mi trastocada cabeza. La noche brillaba como nunca, la presencia de la luna llena me llenaba de vida. Soy signo de cáncer (26/06) y eso implica según los estudiosos de la materia, que las personas nacidas bajo este signo estemos afectados por la luna. No lo compararé con la metamorfosis que sufren los hombres lobo, pero cierto es, que mi cuerpo nota la presencia del astro lunar cuando esta en su zenit. No se como explicarlo, pero cuando la esfera cambiante esta totalmente redonda, nace en mi una energía o sensación que me hace un poco mas activo. Estad tranquilos que no me salen ni afiladas uñas ni brota de mi cuerpo recio pelo. Dormí mucho, no, muchiiiisimo así que me desperté muy activo. Era de madrugada pero la luna no se quería ir. Ella me guiaba y me daba fuerzas para seguir. Parecía que el sol no quería despedirse de la luna y a eso de las 09:00 horas se despidieron hasta su eterna cita diaria.

A lo lejos se me aparecieron las siluetas de las Torres del Paine pero no pude contemplarlas por mucho tiempo ya que las nubes parecían protegerlas de mis miradas. Iba siguiendo la ruta y en el lugar donde debía desviarme la cagué. Sabia que tenia que entrar a Chile por Cerro Castillo siguiendo una carretera asfaltada, según la información de mi mapa. Resultó que el lugar tenia ripio y eso junto al nombre fronterizo que desconocía me acabaron de despistar . Me di cuenta de mi equivocación al cabo de haber recorrido 20 km, pero para mi ya era tarde. No quería remontar esos kilómetros de subida teniendo el viento en contra. El cielo estaba tapado y la expectativa de poder ver el parque era realmente mala. Así que tomé rumbo a Yacimiento Río Turbio y de aquí tomé el paso fronterizo que te lleva a Puerto Natales. En la aduana Chilena, otro sello mas en el pasaporte y ademas tuve que comerme las dos manzanas que llevaba conmigo  ante la mirada del inspector del control de Agricultura. Parece ser que no permiten la entrada de productos frescos.

martes, 8 de marzo de 2011

EN TIERRA PATAGONICA

BARILOCHE


San Carlos de Bariloche, un punto donde hice una parada larga. Mi gemelo derecho me iba dando avisos sobretodo en etapas largas, donde se me subía, así que decidí darle un respiro.
Me instalé en un hostel (Tango in) situado al lado de la estación de Omnibus. El lugar tenia un ambiente muy agradable y el movimiento de gente era continuo. La ciudad estaba situada a las orillas del lago Nuah Pi y eso le daba una ubicación única. El lugar era muy turístico y eso se observaba al moverse por las arterias principales de la ciudad. Multitud de turistas recorrían el centro, el cual estaba repleto de tiendas, entre las cuales destacan las que vendían productos elaborados con chocolate. Aquí tienes mil posibilidades para hacer actividades tanto en la circundantes montañas como en el amplio lago. Desde la ciudad se podían divisar bonitas aristas de cumbres muy escarpadas, las cuales daban un toque alpino al lugar. En las aguas del lago, aparecían cometas de kyte surf y tablas de wind surfing y os aseguro que iban a fondo debido al fuerte viento que soplaba en la zona. Los cayaks y demás embarcaciones invadían las zonas cercanas a las orillas. Por mi parte no realicé ninguna actividad y dediqué mi tiempo a relacionarme con la gente del hostel.

Cuando abandoné la ciudad, el tiempo no estaba claro ya que aparecieron nubes amenazadoras en el horizonte. Iba siguiendo la orilla sur del lago con la incertidumbre de la amenazante lluvia, hasta que de repente desapareció la lamina de agua y me vi envuelto en medio de bosques. Al cabo de poco tiempo, otro lago aparecía en la ruta y multitud de húmedos arroyos volvían hacerse presentes entre las rocas. La ruta, aunque pensaba que era cuesta arriba resultó ser una cómoda bajada. Hice varias paradas e incluso me tomé el capricho de hacer una siesta. No tenia prisa y quería llegar a la población del Bolsón, al ida siguiente para ver su feria de artesanos del sábado. Antes de llegar al pueblo, me aparecieron diversas casas de madera con diseños vintage que se integraban en el bosque, las cuales muchas de ellas estaban adornadas con figuras de duendes y hadas. Según las referencias que tenia, sabia que el lugar era un reducto de la población hippie del sur de Argentina. El fin de semana visité la feria de artesanos y por lo que pude ver, todos ellos desarrollaban piezas bastante bonitas. Lastima que no puedo llevarme nada, por no disponer de espacio, sino hubiera adquirido algunas de ellas. Multitud de paradas invadían la calle anexa a la plaza principal. Los artesanos que vendían sus productos se conocían todos y entre ellos reinaba muy buena onda. Las melenas, barbas y la delgadez de sus cuerpos era la nota común que les asemejaba entre todos ellos, aunque la pasividad de su habla y su comportamiento era lo que transmitía mas empatia.
Parece que este lugar es una tierra de hadas y duendes que se mueven entre dos mundos, uno ficticio e imaginario donde toman vida y uno real donde quedan inmóviles atrapados en sus cuerpos tallados en diferentes clases de materiales y formas. Uno de los días de la feria estuve con tres vendedoras hipys. Estas estaban delgadas, pero de sus frágiles cuerpos emergían caudalosas venas que transmitían energía a los que les rodeaban y aunque parecían estar estancadas en antiguas tradiciones siguiendo antiguos patrones quizás seamos nosotros los que no hemos evolucionado de la manera correcta.

Después de pasar dos días en el reducto hippy continué la ruta. Al abandonar el pueblo me arrepentí de no haber visitado el Parque Nacional de Lago pueblo situado a 13 kilómetros del Bolsón, pero cuando decido descansar no me apetece moverme mucho. El paisaje estaba compuesto con bosques de abetos y pinos los cuales invadían la parte de las montañas que no estaban desnudas por su gradiente de temperatura. En la ruta avisté varios parques de bomberos y paré en el del departamento de las Golondrinas, donde había varios retenes forestales. De los vehículos y del material que vi, mejor no hacer comentarios, pero en todos los sitios sucede lo mismo, los buenos profesionales intentan hacer su faena de la manera mas eficiente con los medios de que disponen.
Me aprovisioné en el pueblo del Hoyo y continué la marcha hasta llegar al desvió de Epuyen. Aquí mientras hacia una fotografiá a una casa de madera, me salieron al ataque una jauría de perros. Los animales eran de raza pezqueñina, hacían mucho ruido pero eran inofensivos. Al cabo de unos instantes donde predominaban los ladridos, apareció la propietaria de la vivienda, la cual me traía un vaso de agua y unas peras. La señora muy amablemente me invitó a ver el interior de la vivienda y me invitó a comer. Rechacé la invitación a comer ya que hacia escasamente una hora que había comido, pero agradecí el gesto y la gaseosa que me ofreció. Estuvimos al menos una hora charlando hasta que tuve que continuar mi camino.
 La ruta me hacia sudar, las cuestas se iban entrelazando unas con otras y parecía que no avanzaba. Al final aparecieron las rectas donde a veces aparecían casas aisladas ubicadas cerca de los pocos arroyos que aun no se habían secado. Sus habitantes eran Mapuches, antigua tribu procedente de Chile. Vestían de manera peculiar ya que llevaban en sus cabezas unas boinas de color negro y se fijaban el pantalón con una especie de faja ancha, con bordados en diferentes dibujos. Esa noche no llegué a ningún lado así que acabé en tierra de nadie y tuve que dormir dentro de un desagüe de carretera.
Hacia días que me encontraba en la Patagonia, tierra de interminables praderas donde uno parece empequeñecerse. Todo parecía estar mas deshabitado y encontrarse en un estado mas salvaje. Aquí aveces surge un vacío producido por sus montañas y sus aristadas cumbres. A menudo de repente aparecen salvajes arroyos donde surgen multitud de oasis donde aislarse de todo. El camino parece que no tiene fin y uno se pierde entre las paredes de sus montañas. Lo mas duro es el tremendo viento que sopla de manera inesperada. Nunca sabes cuando se tomará un pequeño respiro pero cuando parece que todo esta en calma, al próximo giro vuelve a visitarme y me vuelve a susurrar en el oído sonidos que nunca logro comprender.
El cielo se torna amenazador y en un corto espacio de tiempo se forman nubarrones que crean un eclipse de sol y descargan su pesada carga por toda la pampa. Ahora las distancias para encontrar poblaciones para abastecerse son bastante grandes y uno tiene que planificar en llevarse suficientes víveres para afrontar las largas jornadas. Llevo varios días mojándome con la débil pero incesante lluvia que lo inunda todo.

El cuerpo al paso de las horas queda entumecido debido a la humedad ambiental. La ropa técnica que llevo evita que el agua de lluvia entre en contacto con mi cuerpo pero los huesos y la piel absorben la humedad que se respira en el ambiente y junto a mi sudor provoca que al final de la jornada tenga una sensación térmica desagradable.
Continuando la marcha, llegué al cabo de dos días a la población de Tecka mojadito hasta los huesos. El lugar era chico así que instalé mi carpa detrás del restaurante donde decidí cenar. Su propietario me permitió instalarme y me dio información de la ruta. Por la noche no pude ver las estrellas ya que el cielo iba descargando su fluido. Por la mañana estaba todo xoooffff asi que abandoné el pueblo a primera hora y apareció una pequeña sorpresa, una subidita larguísima que me costó remontarla un par de horas con la compañía de la lluvia. Estaba bien calado y me iba calentando recordándome en infiernos y demonios. Al fin el tiempo me otorgó una tregua y pude sacar mi réflex para captar unas instantáneas. Cuando estaba tomando una fotografiá de un paisaje me sorprendieron unas palabras que procedían de mi espalda. Eran de un ciclista argentino el cual llevaba mi mismo destino. El hombre era corredor de maratones y ultra maratones. Decidimos continuar juntos el camino pero debido a la diferencia de peso que llevábamos, el se avanzó y al cabo de un par de pausas en las que tomé unas instantáneas, lo perdí de vista.

Llegue a Governador Costa, pueblecito tranquilo donde los bomberos voluntarios de la localidad me ofrecieron sus instalaciones para que pasara la noche. El parque tenia todos los servicios así que los aproveché para poder secar todas las prendas que se habían quedado húmedas por la lluvia en días anteriores. No poseía la previsión meteorológica para esos días así que desconocía lo que el tiempo me depararía en las siguientes jornadas. Siempre adelante, ese es el lema a seguir, nunca se sabe que deparará el futuro así que uno puede quedarse sentado o decidir subirse a la bici y afrontar lo que venga. Al día siguiente las cosas fueron diferentes, el sol tenia fuerza y no soplaba nada de aire. Los rayos de sol me transmitan el calor que se me había negado en días anteriores. Mi cuerpo comenzó a generar algún tipo de substancia que me producía un efecto placentero y mi sangre se encargaba de transportarlo por todo mi ser. Seguramente todo era causado por el incremento de la sensación térmica, pero eso me transportó a un nivel de bienestar que me llevó a rodar de manera muy cómoda. Sin darme cuenta al final de la jornada había recorrido unos 170 kilómetros.
El camino, como os podéis imaginar, había transcurrido en terreno plano pero lo mas preocupante es que entre esa distancia solo encontré una casa donde paraban los comunitarios. La noche la pasé a la vera del río Senguer, aunque a media noche las paredes de mi tienda comenzaron a tener Parkinson. El viento pegaba fuerte y la estructura de mi débil tienda intentaba aguantar cada envestida. La casita aguantó pero yo no pude pegar ojo debido a los ruidos y los movimientos que hacía la estructura.
Al día siguiente había una etapa corta pero no contaba que la carretera hacia un giro dirección oeste. Vaya calvario, como me costó moverme debido al viento. Sufrir, lo que se dice sufrir es poco, pasé duros momentos que se me hicieron eternos para poder llegar a Rio Mayo. El viento el cual al principio me venia de cara, intentaba echarme para atrás, mas tarde la carretera iba virando y el viento me venia de costado complicándome las cosas. La bicicleta con todos sus bultos hacia de pantalla al viento y esto provocaba que el metálico instrumento se moviera con violencia. A veces la fuerza era tal que la bicicleta se iba de un carril a otro y me era casi imposible controlarla. Tuve que ir mirando mi retrovisor constantemente para controlar que no vinieran vehículos por mi espalda y así evitarme algún susto. En mi cabeza solo oía el zumbido que provoca el viento y tenia que ir distrayéndome en mis pensamientos para poder olvidarme del prolongado sufrimiento.

Cuando por fin llegue a Río Mayo, me sorprendió ver el estado de las calles del pueblo. Nunca habían estado asfaltadas y ahora comenzaba el proceso para alquitranarlas. Como el otro día había ido bien el tema del hospedaje en el parque de bomberos intenté otra vez la misma estrategia y la verdad es que volvía a funcionar. Techo, agua caliente y cama por la patilla, aunque lo mas importante era que tenia la compañía de personas que se juegan la vida sin esperar nada a cambio. Aquí los voluntarios son como dice la misma palabra voluntarios y no reciben nada del estado, aunque alguna vez puedan tener algún tipo de ayuda para poder gestionarse los vehículos o el material. En el pueblo el fuerte viento no desapareció y el parapeto que ofrecían las casas era mas bien insuficiente. Según la información meteorológica, las rachas de viento seguirían unos días mas así que las siguientes etapas serán durisimas ya que a todo esto se asocia con la aparición del ripio.
Que grata sorpresa tuve al día siguiente cuando me encontré con la pista, esta no era tan fea como pensaba. La ruta 40 estaba transitada por camiones Chilenos que van a hacia el sur a Puerto Natales por que en la parte chilena no existe una carretera debido a la discontinuidad de su tierra producido por la aparición del Océano Pacifico.

El ripio estaba compactado y la bicicleta no sufría tantos golpes que en etapas anteriores aunque siempre tenia que ir con prudencia. Tuve la suerte de encontrar diferentes tramos donde las maquinas estaban construyendo la nueva ruta y de esa manera aproveché el nuevo asfalto facilitando la circulación de mi maquina. En principio pensaba que tardaría dos días en llegar a Perito Moreno ( se ha de concretar) me refiero al pueblo, no el glaciar que recibe el mismo nombre . En el transcurso del día abandoné la provincia del Chubut y entré en la provincia de Santa Cruz, eso provocó algunos cambios, sobretodo cuando me dirigí al parque de bomberos a pedir alojamiento. En esta nueva provincia los bomberos son policías que se especializan en la extinción y realizan turnos de 24 horas. Les pregunté si podía poner la carpa en su zona ajardinada y me permitieron utilizar sus instalaciones. Allí pase el fin de semana, tranquilamente disfrutando del oasis que tenia a mi alrededor. El lunes, cuando salí de Perito Moreno, era tarde debido a que tuve que esperar a que abrieran las tiendas para poder comprar una pila para mi reloj , el cual se había muerto el día anterior y aproveché para abastecerme de víveres porque tenia aproximadamente 550 kilómetros sin encontrar nada a mi paso.
El día empezó calmado pero por el sur aparecían formaciones de nubes con formas irregulares y alargadas. Cuando comenzaba a calentar los músculos vi aparecer un ciclista que venia hacia mi. Un joven argentino montaba una bici unida a un bob. Procedía de Ushuaia y se dirigía hacia el norte aunque ahora mi memoria me falla y no recuerdo cual era su destino final. Al cabo de recorrer unos 80 kilómetros apareció el ripio aunque los trabajadores de viabilidad estaban haciendo obras para construir la nueva R-40. Me colé en la vía en construcción y me aproveché de la capa de arena que estaban compactando las maquinas. A veces aparecía un trozo de capa abetunada y entonces la bici quedaba aliviaba de las vibraciones que surgían del suelo.
 Por otra parte el viento era muy fuerte y en un momento que hice una parada para beber, tuve un despiste y una ola de viento me tiró por los suelos, pero por suerte parece que no se rompió nada. Cuando pasaba entre medio de las maquinas motopalas, paré para hablar con uno de los trabajadores, el cual me invitó a quedarme en la zona donde tenían su obrador. Carlos, era un trabajador boliviano que gracias a él pude ducharme y comer caliente durante esa noche. Lo me me apenó fue que a la mañana siguiente echaron de la empresa a tres personas y una de ellas era él debido a que el día anterior habían hecho un paro para reivindicar que les pagaran lo que estaba escrito en su convenio pero parece que eso no cayó bien a sus superiores. Me despedí de él con un mal sabor de boca por lo sucedido pero noté que ya estaban acostumbrados a esas situaciones así que les deseé suerte y continué la marcha.
El día siguiente comenzaba con fuerte viento racheado, haciendo complicado el inicio de la etapa. Iba xino xano, ganando cada paso con el sudor de mi esfuerzo. Me iba acostumbrando a toda esta nueva situación haciéndome cada vez mas inmune al viento. Cuando ya llevaba largas horas pedaleando el tiempo se volvió gris. Comenzaba a llover y eso complicaba el avance así que aproveché para hacer una pausa para comer tomando parapeto en una alcantarilla de las obras de la nueva carretera. Me equipé con ropa de lluvia y continué, pero surgieron serios problemas.

La arcilla que había en la pista se adhería a los neumáticos e impedía que pudiera continuar el avance. Me estaba mojando por la lluvia y no había ningún lugar para poder refugiarme. Tuve que empujar la bicicleta con fuerza ya que esta patinaba al no tener adherencia en las gomas. El barro se adhería como si fuera pegamento y parecía que tuviera un imán para quedarse enganchado en todas las partes del ciclo. Aparecían nuevos ruidos provocados por la terrible asociación entre agua, fango y metal. Estaba un poco agotado de empujar, de mojarme y de que el viento me fuera castigando la cara y las extremidades. Al cabo de unas horas me apareció un módulo metálico al lado de la vía. Pregunté a uno de los trabajadores si me podía quedar en el modulo y me contestó que podía utilizarlo. Como pude intenté desprenderme de todo el fango adherido a mis pies y a todas mis bolsas y me instalé en el interior del módulo que no era muy grande. Cuando estaba entrando en calor con la muda nueva y seca, se abrió la puerta y apareció un hombre el cual se identificó como el sereno. Ostia, pensaba que esa figura había desaparecido con la evolución de las sociedades pero resultaba que era el encargado de vigilar las máquinas que construían la carretera. El hombre era un paraguayo de edad avanzada e iba vestido como una cebolla, al menos llevaba 10 capas de ropa. Parecía el muñeco de michelín tan hinchado por tanta ropa , pero entendí que eso era una situación normal ya que el pobre hombre no disponía de saco de dormir. La noche era muy fría y menos mal del parapeto que nos proporcionaba el módulo aislándonos del viento y la lluvia. Después compartir víveres en la cena, me quedé frito en la calidez de mi saco y no me desperté hasta que el amable señor me despertó a las 7 de la mañana del día siguiente.
En la inmensidad de la pampa aunque parezca que no existen reductos de vida, el lugar esta lleno de fauna.

Aquí abundan las liebres, zorros, armadillos, wandus y guanacos. Para que os ubiquéis, los guanacos son lo que se denominan vicuñas en Perú y los wandus son semejantes a avestruces pero sus dimensiones son menores. La primera vez que los vi de lejos, estaba confuso, no sabia de que animal se trataba aunque sus movimientos eran inconfundibles. Desconocía que en Argentina tuvieran esa clase de aves. Lo que no me queda claro es si estos animales son originarios de este país o fueron introducidos en un pasado.
Después de las lluvias, aparecían en el camino algunas charcas donde algunos ejércitos de libélulas azules volaban alrededor de mi, cruzándose a toda velocidad. Parecían que querían observarme de cerca y aterrizar en mis vistosas ropas de licra que de bien seguro les atraían por su variedad de colores. Sus movimientos eran parecidos a los del vuelo de un helicóptero y sus frágiles alas no paraban de balancearse en repetidas agitaciones. Me hacían compañía aunque desaparecían rápidamente cuando notaba en mi cara un pequeño estimulo debido al temblor del aire.
Los siguientes días aun fueron mas complicados por el fuerte viento, ya se, que me repito mucho pero era la nota constante. Viento, viento y mas viento en medio de parajes desérticos sin encontrarme nada. Pasé por el borde del lago Cardiel y seguí bordeándolo hasta que pude encontrar una estancia donde pude comer algo caliente. A cada bocado, mi boca recordaba matices gustativos olvidados en los últimos días debido la repetición de mi menú a base de latas de sardinas. La tarde se fue complicando por los vendavales que azotaban el paisaje y por la noche fue terrible. Me parapeté detrás de unas pilas de piedras pero me fue imposible montar la carpa debido a la fuerza de las acometidas del viento. Menos mal de traer la funda de vivac ya que pude introducirme en su interior y convertirme en  fase de crisálide aislándome del tiempo exterior. El viento a veces me desplazaba escasos centímetros de mi aislante y tenia que vigilar que mi cuerpo no se separara de la colchoneta para que esta no se fuera volando.

Me quedaba poco para llegar a mi destino intermedio, el Chaltén, aunque a lo lejos comenzaba a divisar sus montañas. En el horizonte aparecía la cordillera con cumbres nevadas donde destacaban el Fitz Roy con 3405 m y el Cerro Torre de 3102 m. Me costó de lo lindo llegar al pueblo ya que la carretera número 23, esta en dirección contraria a la dirección del viento y a la aparición de  algunas subidas. Los 90 kilómetros fueron durísimos, para poder soportarlo me imaginaba  que era un queso grouyer, lleno de  multitud de agujeros por donde el aire me atravesaba. De esa manera conseguí vencer a mi enemigo. Al llegar al Chaltén fui a buscar alojamiento y lo primero que hice fue arrugarme la piel con la larga ducha de agua caliente que me di. Después tocaba parrillada de carne, cerveza y siesta en una cama de verdad. Por la noche mientras conocía la gente del lugar decidí no irme a dormir y aprovechar la noche para hacer el trekin del Cerro Torre.  Hice esta estupidez debido a que por el dia hizo buen  tiempo y aquí se han de aprovechar las ventanas que ofrece la metereología. La frontal iluminaba la senda que salia del pueblo y subía por las montañas. El camino estaba totalmente marcado y en las intersecciones estaban indicadas las diferentes rutas con paneles de madera. La ruta iba sorteando varios cerros y se adentraba dentro de diversas formaciones boscosas. El viento me acompañaba en todo instante aunque soplaba flojo. Los arboles y la vegetación me iban protegiendo con su follaje de las sacudidas del aire y sin darme cuenta llegué al campamento de Agostini. Habían pasado unas tres horas, en las que había vencido un desnivel de 250 metros y recorrido unos 10 kilómetros. Desde el campamento me encaminé al lago Torre donde se observa el glaciar del Cerro torre. Eran las 5:30 de la mañana y mi desilusión fue ver que el cielo estaba despejado excepto la zona que había venido a visitar. La pared del Cerro Torre estaba tapado por formaciones de nubes que tapaban la totalidad de la pared, unicamente pude ver el arcoiris que parecía fijado a las paredes laterales del lago.

 A la salida del sol, me esperé para poder ver si los rayos solares podían deshacer las nubes de la montaña. En un principio parecía que el sol iba ganando parcialmente la batalla pero después de un largo rato en que se iban deshaciendo parcialmente las nubes las cosas se empeoraron. Las nubes iban compactándose y a medida que iba pasando el tiempo se hacían mas tupidas impidiendo cualquier expectativa de ver la gran placa vertical de piedra. Me sentí mal, toda la noche sin dormir esperando poder captar la visión del paredón a la salida del sol. Resultó ser un fracaso total, vaya decepción. En eso se basa la ley de la montaña, el tiempo es impredecible y siempre hay un factor incontrolable que lo marca la climatología del lugar. A mi regreso, pude ver como el pico Fitz Roy estaba totalmente despejado. Había hecho una apuesta a cara y había salido cruz pero así es la vida, a veces las cosas salen bien y a veces las cosas no salen como las habías planificado. Por la mañana, cuando llegué a l´hostal habían cambiado las caras de mis compañeros de habitación, los tres argentinos se habían convertido en tres mujeres israelitas. Por mi parte al llevar un día sin dormir me quedé absorto en mis dulces sueños hasta que el hambre me despertó. Por la noche me encontraba cansado así que decidí no salir aunque había fiesta en el pabellón ya que hacían la fiesta del treking.
 Por la mañana siguiente parecía que tuviera agujas en las piernas, el treking del día anterior me pasaba factura y al bajar las escaleras parecía Fores-gum cuando era pequeño. Tocaba rehacer bolsas e intentar reparar el porta bultos trasero de mi bici del cual se había roto una soldadura. De noche me fui a la fiesta del treking y pude ver en directo el baile del tango, flamenco, trovadores, un concurso de belleza y para finalizar el concierto de Leon Geico.  La verdad es que mi estancia en el Chalten había estado muy gratificante sobretodo por la gente que conocí. Lautano, un argentino muy agradable que me explicó la reciente historia de Argentina y corpantimos muchos ratos juntos. Tambien compartí estancia con una ciclista Americana llamada Claire, que hablaba español,  la cual estaba descansando en el hostel  con la cual  me reí mucho con ella i Lautano.
Ahora tenia que encaminarme hacía Calafate donde mi compañero Chusma había llegado recientemente procedente de Brasil.